A mi hijo mayor le gusta el fútbol (como a la gran mayoría de niños y muchas niñas de este país), así que este curso empezó a entrenar con un equipo del barrio, lo que supone jugar todos los fines de semana (llueva, diluvie o haga sol) y madrugar en muchas ocasiones, porque algunos partidos comienzan a las 9:30 de la mañana y tienen que estar media hora antes para concentrarse. Le pusimos dos condiciones: la primera, que tenía que asumir el compromiso que esto implica, es decir, asistir a los entrenamientos, acatar las instrucciones de los entrenadores, jugar en equipo, saber ganar y perder (esto lo ha aprendido perfectamente, porque los pobres sólo han conseguido ganar 1 partido en toda la temporada, y suelen perder por goleada) y, sobre todo, tener claro que juega para divertirse. La segunda condición es que no puede dejar de lado sus estudios, que deben ser lo primero. Por ahora no hay queja, ya que está cumpliendo perfectamente.
Esta semana se ha unido un jugador nuevo al equipo, un niño que tiene entre 5-7 años (prebenjamines) cuyo padre, que le acompaña a los entrenamientos, afirma que "hay que tener mano dura con ellos, pegándoles si es necesario, para que se conviertan en buenos jugadores". Afirma que en el siglo XXI no se puede decir a un niño que lo importante son los estudios, sino que hay que hacerle ver que los sueldos de las estrellas del balompié son muy altos (se le olvida que son más los que se quedan por el camino y acaban jugando como aficionados en tercera o regional, que los que llegan a ser estrellas) para que centren sus energías en el fútbol. ¿Qué futuro le espera a este niño si no consigue llegar a lo más alto?¿qué enseñanzas está recibiendo? en el campo muestra un comportamiento que no gusta a sus compañeros, pero que no es más que el reflejo de lo que ha aprendido ¿cuándo dejará de haber padres y madres que quieran hacer de sus hijos e hijas aquello a lo que ellos/as aspiraron y no pudieron alcanzar? y lo que me parece más grave, ¿qué infancia vivirá bajo esa presión constante?