
La gente que me conoce sabe que en mi casa no se plancha (es una tarea que aborrezco) y que tendemos la ropa lo más estirada posible para reducir el número de arrugas (ni se me pasa por la cabeza planchar trapos, toallas o la ropa interior...) Nuestra plancha tiene más de cinco años y menos de 20 usos (y eso, calculando por lo alto) y está guardada en su caja en un altillo. Es posible que mi hijo mayor me haya visto alguna vez cogerla para planchar alguna prenda (casi siempre un vestido que me arrepentí varias veces de haber comprado porque el tejido hacía necesario plancharlo si quería llevarlo con un mínimo de estilo y sin que pareciera que lo usaba para dormir), pero la verdad es que es un utensilio que pasa muy desapercibido. Por eso, os podéis imaginar la sorpresa que se llevó mi hija cuando me vio sacarla de su caja, preparar una tabla en la mesa de la cocina y colocar en ella su vestido nuevo (uno rojo de volantes que le encanta). Me miró muy seria y me preguntó qué iba a hacer; mi respuesta es obvia, "planchar tu vestido". Su respuesta-pregunta me dejó perpleja: mamá, ¿qué es planchar?.
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