Un adolescente libio conduciendo un tanque destruyó, hace pocos días, un centro de detención y tortura que el dictador Gaddafi utilizaba con total impunidad para librarse de quienes se opusieran a su sanguinario régimen.
Esta noticia, unida a otra que confirma que 28 millones de niños y niñas no van a clase por las guerras, ha puesto otra vez en el candelero (¿o no?) el drama de la presencia de menores y jóvenes en los conflictos bélicos. Sabemos que hay entidades sin ánimo de lucro y organismos internacionales que luchan por preservar su infancia y sus derechos, pero también sabemos que las circunstancias sociopolíticas y económicas en las que viven, hacen muy difícil, por no decir imposible, su tarea.
Y mientras tanto, los/as responsables de los llamados países desarollados miden sus acciones en base a las consecuencias económicas que una decisión contudente contra Gaddafi y demás dictadores de calaña semejante pudiera tener para su país...
¿Hasta cuándo se seguirán anteponiendo los criterios económicos a los derechos humanos? ¿Cómo es posible que se siga rindiendo pleitesía a regímenes autoritarios sólo porque tienen petróleo?
Si Europa es la cuna de la democracia y Estados Unidos el guardián del mundo, ¿cómo se explican estas actitudes?
Es evidente que es más fácil enfrentarse a dictadores o políticos molestos de países poco estratégicos, pero no lo es menos que la libertad y la democracia deben ser los valores principales que definan la actuación de quienes tienen en sus manos la oportunidad y la posibilidad de acabar con prácticas antidemocráticas.
Mientras tanto, yo intento que mis pekes comprendan la suerte que tienen de poder ir al colegio (aunque no les guste) y de no tener que trabajar ni luchar para poder sobrevivir.
Esta foto fue tomada el 19 de febrero de 2011. Mis pekes juegan sobre uno de los cañones de defensa costera que hay en el Monte de San Pedro. Alegoría.